lunes, 3 de mayo de 2010

Cualquier día

Cualquier día

Desperté aturdido, adolorido, agonizante. Mi mente era irreconocible, a diferencia de mis instintos. Abría y cerraba mis ojos cargándome de frustración, ya que sin importar su posición lo único que se ilustraba ante ellos era oscuridad. Levanté mis vibrantes brazos y lo único que toqué fue: Una pared, otra pared, una tercera pared y por último una pared más; sin ni siquiera haber movido un centímetro mis pies. En ese momento congeló todo mi cuerpo una claustrofóbica brisa. – ¡Auxilio! Grité, ¡Auxilio! ¡Auxilioo! Mientras el aire abandonaba mi cuerpo dejándome frágil y vulnerable. Jamás olvidaré ese primer golpe.

- Despierta muchacho. Me decía un anciano mientras yo aún intentaba descifrar si abstracta imagen dentro de mi inconsciencia. - ¿Dónde estoy? Pregunté. – Donde siempre quisiste estar… Recuperé mi vista, y ojeé el hermoso paisaje que me rodeaba. Un fuerte éxtasis refrescó mi ser y mis piernas empezaron a correr entre una deslumbrante naturaleza que me llevó a un linde, en el que comenzaba un nuevo mundo de espejos marinos. Bajé mi mirada para beber del cáliz, pero apareció frente a mí el reflejo de un desconocido; asustado, di un paso hacia atrás, sin dejar de morderme la lengua para no sacar a la luz mi temor. Tropecé y caí.

- Un, dos, tres… un, dos, tres… - ¿Qué pasa?... ¿Qué pasa? Me preguntaba mientras que miles de hormigas gigantes me empujaban y un, dos, tres era lo único que lograba percibir a kilómetros. Empecé a luchar contra la fuerza de las hormigas, a luchar para salir de esa rutinaria caravana. Tras un largo camino de lucha y frustración, la colonia me abandonó en una pila de rocas. Metí la mano a mi bolsillo con una inexistente esperanza de humo, pero lo único que encontré en mí fue una pica. Después de asimilar que era inútil buscar una escapatoria, empecé a romper las rocas que me invadían, solo por diversión. El duro paisaje sufrió un derrumbe. Estoy atrapado.

Me detuve, abrí la puerta y entré bastante tranquilo. – Hola Tomás. Grité mientras lanzaba una galleta al aire. Levanté las sábanas blancas, y echándome entre ellas caí en un estado de regresión. – Otro día normal. Pensé. – Y aún no recuerdo mi hogar. Cerré mis ojos e intenté dormir. Mientras buscaba el descanso mental una voz me susurró al oído: - Es imposible recordar lo que nunca existió.

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