domingo, 22 de mayo de 2011

La curiosidad mató al gato

—Papá, recuerdas lo que me dijiste aquella vez… —Dijo Domenica ya en su hogar con timidez.

—¿Qué te dije?

—Lo de los gatos… —Bajó la mirada y dijo en voz aún más baja— lo de los gatos curiosos.

—Ah, lo recuerdo —puso una cara molestamente engreídora y preguntó con voz amorosa— ¿Has estado metiendo las narices donde nadie te lo pidió?

—No papá, —La mandíbula le temblaba de inocencia— solo quería saber si era verdad que por curiosos es que ya no hay gatos en el pueblo, ¿realmente eso los mató?

El señor alto y con rasgos marcados y atractivos le respondió —A nadie le gusta los curiosos, por eso en nuestra comunidad hay perros en vez de gatos, ellos entienden lo incómodo que es que lo anden a uno curioseando y ellos los mataron.

—Y si yo he sido curiosa, ¿también me matarán los perros?

—A ti nadie te matará, tú eres la reina de este lugar, simplemente anda con cautela y escondida cuando la curiosidad te ataque para que no te vean las narices.

—¿Por qué solo esconder mi nariz?, es muy pequeña —aclaró—

—Porque cuando andas por ahí de chismosa tu nariz te delata, ya que sin importar la posición del resto de tu cuerpo ella siempre apuntará a tu objetivo de interés, dejando en estado obvio tus intenciones… —Echó a reír y cerró la conversación con las últimas tres palabras— intenciones de curiosa.

Domenica tomó aire, dio media vuelta y se dirigió a su habitación segura de que nunca más querría entremeterse en asuntos que no eran de su incumbencia ya que no se imaginaba terminar como los pobres gatos.

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